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(Todos los relatos registrados en safecreative).

martes, 22 de mayo de 2018

In vitam mortem

   —Vaya.
   —¿Qué? ¿Qué pasa?
   —Sí que eres guapo —dijiste hace ya tanto tiempo.

   De vez en cuando me paso por donde creo que puedo verte sin que sepas que lo hago. Leo lo que escribes, lo que expones que escribieron otros porque sabes que son palabras perfectas.
   Me acuerdo de tantas cosas que no sé por donde empezar a contártelas. He pensado que si lo hago así, de esta forma indirecta, leyendo mis palabras con tu voz, en realidad no te las estoy contando. ¿No es fantástico que las palabras escritas puedan ser al mismo tiempo mentira y realidad y que solo nosotros sepamos traducirlas? Quizá soy yo el que le da el tinte dramático, qué le voy a hacer.
   Resuenan en mi cabeza casi todas las noches, ¿sabes? Tus últimas palabras. Es curioso, porque fueron escritas y no dichas por tu boca, pero hacen eco en mis oídos todas las eses que utilizaste y la entonación tan tuya que le dabas a las palabras.
   ¿Sabes una cosa? Intento acordarme de tu olor, pero he llegado a la conclusión de que no olías a nada. Me gustaba. Era como la respuesta al «te quiero» un automático «yo también». «Qué bien hueles», decías, y por mi parte quedaba el silencio, saboreando esa nada que desprendías.
 
   Qué bonito fue todo lo que creció alrededor nuestro, toda aquella mitología que habló tanto de nosotros incluso para el que no nos conociera, pero esos a quién le importaban. ¿Te acuerdas de los cuentos? ¿Y de los fragmentos a medio acabar que me pedías que te releyera a veces? ¿Sabes a qué suelo acudir yo cuando me acuerdo de ti? A los títulos o leyendas que había en tus fotos. «Hola, me aburro muchísimo, cuéntame muchos cuentos». También de aquella pareja que vimos abrazada cuando entró la noche.
   —Mira, qué felices.
   —Sí, es posible que acaben de empezar una relación
   —O no.
   —Sí, también es posible que lleven muchísimo tiempo juntos y que sean la prueba viviente de que el amor puede ser infinito si sabe cómo tratarse.
   Y cuando terminan esos diálogos nuestros en mi cabeza a menudo no hay conclusión. Es como si un libro tuviera fin en un capítulo noventa y nueve, falta una pequeña conclusión, un pequeño término o corte que me diga que esas cosas las he recogido y las he aprendido, pero todo fue tan rápido. Si tuviera que utilizar la sinestesia para comparar todo aquello, me decantaría por la guitarra del principio de Rebel rebel, de Bowie. Era algo tan agradable que quisiera que continuara para siempre. Y es raro, porque esto se me ocurre hoy después de tanto tiempo. No voy a compararte con nada, ya hablamos mucho sobre comparaciones.
   Si supieras de dónde vienen los camiones que se paran enfrente de mi trabajo. Podría mandarte fotos de ellos, pero cuánto dolor desatarían en ambos, cuantos nudos mojarían para hacerlos más fuertes.
   En realidad sí que tengo términos, tengo mil moralejas que apuntar en aquellos sobres de azúcar amarillos de los que tanto nos reímos. Dios. Estoy llorando otra vez. Las llamo moralejas por seguir hablando de cuentos, como si esto fuera un texto para niños y no para ti, que me enseñaste que ya no lo era. Me enseñaste tanto que quizá nadie pueda enseñarme nada más, quizá fue ese el punto de mi vida en el que solo ser más viejo me hará más sabio.
   Me acuerdo del disfraz de docente, de yo siendo de estaño y de tungsteno. Me acuerdo de aquella mañana a las siete en la que me pediste que guardara aquél relato en papel y a lápiz, como si fuera yo alguien que tuviera idea de qué es escribir. Qué bonito era todo lo que decías, qué bonito hacías que pareciera todo lo que dijera yo.
  «Deberías leer esto y entrar en comunión con el universo», dijiste una vez como una maestra de secta. Malditas sean todas tus dulces palabras que cortaban las rocas.
   —Siempre he querido que mi novela empezara con esas palabras.
   —¿Con los gritos de un hombre bueno?
   —¿No te parece algo tremendamente impactante?
   —Sí. —decías sí con tanto paro, con tanta decisión, que tengo que romper todas las normas ortográficas y colocar un punto ahí. Estoy seguro de que me entenderás aun dada tu posición—. Lo es.

   ¿Cuándo parar de hablar de ti? No es parar, sino empezar lo que siempre parece que cuesta. Qué rápido fue todo, qué fugaz la caída. Todavía parezco seguir esperando el golpe, soy un imbécil.
  ¿Te acuerdas cuando hablábamos de verbos? ¿Cuando decíamos dos palabras que deberían casarse? Me acuerdo de «efluvios que emanan». Me acuerdo de todas las avispas.
   Y si me acuerdo de avispas me acuerdo del dolor de mil espinas. Qué grandísima palabra es espina, ¿no crees? No respondas. No hace falta.

viernes, 20 de abril de 2018

El camino de los reyes, de Brandon Sanderson. [Análisis]


Anhelo los días previos a la Última Desolación.
Los días en que los Heraldos nos abandonaron y los Caballeros Radiantes se giraron en nuestra contra. Un tiempo en que aún había magia en el mundo y honor en el corazón de los hombres.
El mundo fue nuestro, pero lo perdimos. Probablemente no hay nada más estimulante para las almas de los hombres que la victoria.
¿O tal vez fue la victoria una ilusión durante todo ese tiempo? ¿Comprendieron nuestros enemigos que cuanto más duramente luchaban, más resistíamos nosotros? Quizá vieron que el fuego y el martillo tan solo producían mejores espadas. Pero ignoraron el acero durante el tiempo suficiente para oxidarse.
Hay cuatro personas a las que observamos. La primera es el médico, quien dejó de curar para convertirse en soldado durante la guerra más brutal de nuestro tiempo. La segunda es el asesino, un homicida que llora siempre que mata. La tercera es la mentirosa, una joven que viste un manto de erudita sobre un corazón de ladrona. Por último está el alto príncipe, un guerrero que mira al pasado mientras languidece su sed de guerra.
El mundo puede cambiar. La potenciación y el uso de las esquirlas pueden aparecer de nuevo, la magia de los días pasados puede volver a ser nuestra. Esas cuatro personas son la clave.
Una de ellas nos redimirá. Y una de ellas nos destruirá.


(Texto extraído de la contraportada del libro).


Increíble trabajo para la portada por parte de Michael Whelan

   Cuando leí Nacidos de la bruma, de Sanderson también, pensé que eso era lo suyo, tal y como sabe todo el mundo. Pensé, como ya dije en su pertinente entrada, que si Abercrombie brillaba en el desarrollo de los personajes y los hachazos en los diálogos (y fuera de los diálogos, si me entendéis) Sanderson partía la pana en el desarrollo de su mundo y en los sistemas de magia duros (hardcore, como los llaman allí en su tierra).
   Que este pequeño párrafo sirva para que, si no conocéis al autor, entendáis que para Sanderson no hay (casi) Deus ex Machina. Para él no sirve el «lo hizo un mago». Sus sistemas de magia tienen reglas, condiciones y pasos que se tienen que cumplir para que se desencadenen sus efectos. Si bien sus tipos de magia destacarán en algunos aspectos, habrá otros que las hagan débiles y que practicamente convierta en blanco fácil a sus usuarios. Por eso, antes de hablar de la historia de este libro, voy a explicaros muy por encima qué sistema de magia hay en este libro así como algunas peculiaridades.

   Un portador de esquirlada puede invocar su espada esquirlada tras diez latidos de su corazón. Ni uno más, ni uno menos. Cuando la espada aparece en su mano, un arma increíblemente poderosa a simple vista y bellas como joyas, lo hace mojada y envuelta en bruma, como si se teletransportara de algún lugar helado. Las espadas esquirladas pueden cortar, sin resistencia alguna, absolutamente cualquier material inerte, con los objetos animados como los cuerpos humanos cambia la historia. Cuando una espada esquirlada corta la carne, se convierte en niebla, en bruma que traspasa los cuerpos, porque no cortan el cuerpo, cortan el alma. De este modo, si la espada corta tu brazo, no si te caerá del cuerpo, pero jamás podrás volver a utilizarlo. Y si la espada corta tu cabeza o tu columna vertebral, estarás muerto aunque de tu cuerpo no haya caído una sola gota de sangre.
   Para contrarestar estas espadas, existen armaduras esquirladas. Sets completos de corazas que no llevan anillas ni escamas, solo placas minusculas, milimétricas, que se acoplan unas a otras haciendo un material casi perfecto. Estas armaduras se alimentan de luz tormentosa (a la que llegaremos ahora) que utilizan como energía o combustible para parar las espadas esquirladas. Un golpe de espada en un lugar, pongamos el costado, agrietará la armadura, quizá pueda parar un segundo golpe también, pero no tres o uno crítico. La armadura reventará y dejará salir la energía que contiene haciendo a su portador vulnerable. Para que os hagáis una idea hasta qué punto es Sanderson quisquilloso, estas armaduras deben empezar a ponerse por los pies o no podrían sujetarse con el simple cuerpo humano.
   Estas armaduras te hacen más rápido y más fuerte, pero hay una pega.
   Algunas personas pueden hacer uso de lanzamientos. Utilizar también esa luz tormentosa para jugar con el curso de la gravedad de los objetos o del cuerpo mismo. Puedo hacer que el techo sea mi suelo, o que la gravedad tire de una piedra enorme que bloquea un camino hacia el cielo y se pierda hasta que la luz tormentosa que se infunde en ella desaparezca. De nuevo, hay pegas. Un portador de armadura esquirlada debe elegir entre armadura o lanzamientos, pues la luz tormentosa entraría en conflicto si se utilizan ambas técnicas al mismo tiempo.
   ¿Y qué es la luz tormentosa? Ahora empieza el eje de este libro.
   A este mundo, Roshar, lo azotan enormes tormentas de viento, lluvia y piedra que lanza todo por los aires. Una persona no puede sobrevivir en una alta tormenta, las probabilidades de sobrevivir son del 0.01%, por darle un atisbo más humano o matemático. Esas tormentas generan energía, una luz que la civilización ha aprendido a guardar en esferas, que acabó utilizándose como misma divisa en el mundo además de combustible, método de iluminación y «magia» al mismo tiempo.
   Y todo esto es solo la puntita del iceberg de todo lo que hay en este libro. No os hablaré aquí de fabriales, indispensables en la guerra, portadores de vacío, heraldos, caballeros radiantes, caminavientos...
   Brandon Sanderson ha empezado a construir en este libro su paraíso. El mundo es enteramente suyo, ha querido dejar su firma en cualquier forma, cualquier color, y lo deja clarísimo desde la primera página del libro, cuando aparece una copa de vino azul.
   Las emociones animadas en pequeños seres llamados «spren». Duendes luminosos o luciérnagas alienígenas que nacen del hambre, del orgullo, la pasión, el miedo o el mismo viento. Una fauna y una flora que parece haber seguido una línea evolutiva estudiadísima a partir de la rama de los crustáceos y las anémonas. Una verdadera delicia en cualquier aspecto imaginativo o fantástico.


«Algo acaba de cambiar. Creo que ese es el sonido que hace el mundo cuando se mea encima».


   La historia se resume muy bien en las primeras palabras de este análisis, que son las que aparecen en la contraportada del libro.
   La historia se centra en cuatro personajes. Kaladin, un médico convertido en soldado (por un tema) cuya historia es narrada en dos tiempos distintos, con doce y con veinte años. Shallan, una viajera que marcha a robar un objeto de valor incalculable enmascarándose de erudita. Dalinar, un soldado de la vieja escuela que tiene unas visiones extrañas en cada alta tormenta y que discute con su hijo el destino de su casa, y Szeth-hijo-hijo-Vallano,Sinverdad de Shinovar, un asesino que llora cada vez que mata, un hombre que debe obedecer cualquier orden de sea cual sea su amo excepto una: quitarse su propia vida, pues no le pertenece.

   ¿Es buena la historia? Vamos a hablar un poquito de esto.
   Estos libros son diez pero partidos en dos arcos. Esto quiere decir que habrá un arco del libro uno al cinco y otro del libro seis al diez. Muchos. Muchos libros, y este es el primero de todos.
   El camino de los reyes funciona como un ENORME PRÓLOGO a toda esta historia. ¿Eso es malo, Nickonero? No es malo, es lento, sobre todo el principio. Pero el final de este libro, quizá el último tramo, ha estado llenísimo de respuestas, y menudas respuestas. La sensación que produce al lector es pura ambrosía, os lo aseguro. El libro te atrapa, sí, pero habrá momentos repetitivos con Kaladin (yo lo dejé por el puente cuatro en la primera lectura y la verdad es que me arrepiento de haberlo hecho).



   Puede parecer un libro enorme, algo inabarcable, pero no lo es. Sanderson lo hace bien, a pesar de que este escritor y yo no tenemos absolutamente nada en común (de hecho me cae bastante, bastante mal) no puede haber quejas en cuanto a la aparición de información fundamental en la historia o el orden de los hechos. Conoce su mundo como la palma de su mano, lleva desde 2003 pensando en él, en cómo construirlo, y por muy mal que me caiga eso no se lo puedo quitar, es un maestro del género, ha creado un género. Si existe el Grimdark, debería nacer un nombre para este género, el de la generación de un mundo practicamente perfecto, milimetrado y acoplado con toda la armonía posible. Los mundos de este hombre son así, su universo es así. En mi opinión, esta factoría de libros que supone Sanderson, esta generación de textos que parecen más matemática que literatura no son arte. De hecho, en las charlas que da en universidades, es lo que pretende, predicar que la literatura no es arte, sino habilidad. Yo no estoy de acuerdo. Me gustan sus libros, comprendo su opinión y es obvio que vende, si es su objetivo. Pero la verdad es que lo veo vacío, sin alma. Es como si no hubiera en él lugar para el cariño por esos mundos que hace. Que seguro que lo hay, pero no me lo transmite.

   Más cosas malas. 
   El libro está pensado para que veamos todo exactamente igual a cómo lo ve Sanderson. Aquí no cuenta el cómo imagines tú tal cosa. El escritor ha pedido que sus diseños sean dibujados, y a cada conjunto de capítulos encontraremos todos los detalles en dibujos o esquemas de su elección. Por este motivo, no es recomendable leer en ebook. Este libro debe leerse en papel. Permitidme decir, ya que estoy, que la edición es una maravilla, es de coleccionista. La traducción, a cargo de Rafael Marín Trechera, es impecable, aunque he ido apuntando bastantes errores con pensamientos de pasárselos a la editorial.
   Lo peor que tiene este libro, sin duda, es todo lo que sobra. Y es que al ser un mundo tan rico, grande y raro, es posible que el autor haya confundido el narrar con el explicar. Imaginad que alguien hace una historia sobre la tierra y tiene que explicar ABSOLUTAMENTE TODO el funcionamiento del planeta y el universo. Sanderson intenta hacerlo con su mundo y, contando conque el libro tiene mil doscientas páginas y que son diez volúmenes es posible que en ocasiones tienda a divagar. Personalmente, como digo, el libro tiene muchas partes de las que habría prescindido. También os digo que es un doble filo, pues al ser tan rico, de repente te encuentras un pequeño interludio de tres partes que te hablan de cosas que no tienen que ver con la historia pero sí con el mundo, son muy de agradecer y muy interesantes de leer.

   Jorge Luis Borges dijo en una entrevista que «lectura obligatoria» son dos palabras que no pueden ir juntas, pues son contrarias. La lectura es un placer y los placeres no son obligatorios, son una elección. Este libro aporta placer en su lentitud, en su amplia expansión sobre tu imaginación. Dejad que os acaricie sin prisa.

   Lo único que os puedo decir es... intentadlo. Si no os gusta, siempre podéis regalarlo. (Os gustará).
   


viernes, 6 de abril de 2018

El prisma negro, de Brent Weeks. [Análisis]


   Gaspar exhaló un suspiro mientras el sol acariciaba el horizonte. Era como si Kip se hubiera desvanecido. Era como ver a su madre aspirar la primera bocanada de cencellada. Entre los rutilantes espatos de verde oscuro, el blanco de los ojos de Gaspar se arremolinó como gotas de sangre glauca al hundirse en el agua, dispersándose antes de teñir todo el conjunto. El verde esmeralda de la luxina se expandió por sus ojos, se espesó hasta solidificarse y continuó propagándose. Se deslizó por sus mejillas, por las raíces de sus cabellos y por su cuello hasta brillar con fiereza al llegar por fin a las uñas, como si alguien las hubiera pintado de jade radiante.
   Gaspar se echó a reír. Era un sonido ronco, un cloqueo disparado e incesante. Las carcajadas de un loco. Ahora no estaba fingiendo.



Que no os engañe esta horrible portada.

   En el gran desierto, las siete satrapías vivieron el peor de los tiempos. En lugar de uno, como Orholam siempre había enviado, nacieron dos prismas.
   El prisma es el hombre más poderoso del mundo, una persona que puede trazar todos los colores del espectro sin la necesidad de fuentes, un hombre que gobernaría las siete satrapías hasta que siete, catorce, veintiún años (los que fueran, siempre y cuando fuera en múltiplos de siete), su vida se acabara y ocupara su lugar otro prisma.
   ¿Pero qué es trazar?
   Un trazador puede utilizar la luz y los colores de su alrededor para construir o hacer deflagrar un color en concreto a su elección. Pueden ser monocromos, dotados del poder de un solo color. Bícromos, con dos colores. O polícromos, de tres o más colores. 
   Cuando se traza, el iris de sus ojos va coloreándose de ese color desde la pupila hasta el exterior, hasta llegar al extremo de los iris. Si siguen trazando una vez han llegado hasta esa línea delimitadora, el color se mezclará con el blanco y su vida será destruida. O algo peor. Esto se conoce como «romper el halo». 

   El prisma negro cuenta la historia de Kip, un niño hijo de una llamada ramera y drogadicta en un pueblo de mala muerte alejado de todo. Y como pasa en todas las novelas de fantasía épica de magos o espadas, este pueblo será destruido y su madre será asesinada. Ninguna sorpresa para nadie. Lo que será una sorpresa es todo lo que hay a partir de ese punto. A partir de la muerte de su madre todo será fresco, todo será gratificante de leer.
   Vengo de una traducción nefasta de un libro que no quiero siquiera volver a mencionar. Lo que me gustaría mencionar es el estelar trabajo de Manuel de los Reyes, un traductor que he tenido el placer de leer en las novelas de Robin Hobb y seguro que en algún relato de Lovecraft aunque no lo sepa (Además de en un futuro Sólo el acero, de Richard Morgan). Nunca se me olvidará el momento en el que, al leer la naturalidad de un diálogo o una descripción trabajada y esmerada en la que no solo hay rico léxico, sino una cuidada ilación con las partes que componen la narración del texto. Porque, como debería hacer cualquier traductor, él siente pasión por lo que hace, no hay más que leerle.
   Aprovecho la ocasión para decirle, si está leyendo esta entrada, que las indirectas de las firmas van completamente en serio. Si paso por Granada me encantaría tener firmado por ti este libro. Un saludo.

   Pero volviendo al prisma negro y su trama, no quiero adelantaros más, sólo deciros que no vais a ver venir nada y todo lo que se va sucediendo es natural, adulto (esta es una historia adulta o no la de la gracia de los reyes, que he visto reseñas en youtube de gente famosilla que dan bastante vergüenza) y consecuente. Pero lo más divertido de todo, sin duda, es que la historia se basa en una enorme mentira de la que te hacen partícipe y aún así vas a ser tú el engañado. Cómo nos gusta sentirnos así al leer, ¿verdad? 
   El sistema de magia no tiene nada que envidiar a las obras de Sanderson pero, para más inri, todas las palabras del libro, en conjunto, acompañan la temática de los colores hasta tal perfección que asusta. Los diálogos son fluidos, picaditos, como a mí me gustan. Son serios, con cortes dramáticos, de un autor y, de nuevo, un traductor que comprende que lo que se está tejiendo en el libro no es una tontería que puede simplemente ser decente. El rizo está rizado al punto justo. Es literatura.

   ¿Hay cosas malas? Por supuesto. Los diálogos a veces se tildan demasiado de graciosillos y a veces el autor se pasa al hablar o comentar directamente las acciones de sus personajes. Además tiene una especie de amor infinito hacia la arquitectura (cosa que yo no comparto y quizá aquí no sea muy imparcial) que se hace algo tedioso. De todas formas distan de hacerte dejar de leer.
   
   Veréis, el libro me ha gustado tanto que ya tengo todos los que hay publicados en la estantería...
   (Hagamos aquí un gran paréntesis porque debéis todos saber que estos libros comenzaron a publicarse en España por Plaza y Janés y luego por Fantascy. Yo los tengo en Debolsillo, pero supongo que la licencia la siguen teniendo los segundos, pero aquí viene el problema: De cinco libros, de momento hay tres en España sin noticias de que vayan a venir más. Sería una verdadera pena. Sería un crimen. Y cerramos el mayor paréntesis de vuestras vidas)
   ...pero me he comprado El camino de los reyes para espaciar en el tiempo la lectura y que no se me acaben rápido.

   En resumidas cuentas, ¿Es el prisma negro uno de los mejores libros que he leído últimamente?
   Sí, no hay color.

jueves, 1 de marzo de 2018

El triángulo y el círculo en la pesadilla de Nick Torcas.

   ¡Bang!
   Los pájaros salieron volando y se perdieron en una noche sin luna atestada de ramas de árboles locos. Los cuatro peregrinos avanzaban dibujando un mapa con sus propios pasos. Sin brújula, sin norte, sin nada para comer. Sin miedo.
   Había sudor, y gritos, y frío en la idea de que era posible que no volvieran, pero tampoco había palabras esperanzadoras. El vaho les envolvía la garganta, hasta el mismo aire de sus pulmones quería estrangularles en aquel fatídico lugar nunca antes pisado por el hombre y tan desprovisto de verdad y compasión.
   Uno de los cuatro, el explorador, volvió sobre sus pasos y trajo noticias frescas; había una torre medio derruida que dejaba pasar la luz de las estrellas entre todos aquellos árboles que arañaban el cielo. También avisó de la posición cercana de un pozo y pidió al sanitario que acercara un cubo en cuanto fuera posible. Atemorizado pero decidido, el médico llegó al pozo sin pérdida. Roble, castaño y encina, y después un pozo hecho con bloques de piedra al que le faltaba un pedazo, el mismo hueco que tendría un labio leporino invertido y que inspiraba a sus piernas a correr como alma que llevaba el diablo.
  Quién sabía, pensó el médico al levantar su máscara de pico rellena de perfume templador del alma, cuánta alimaña habrá en la oscura entraña de este pozo, esófago en la tierra que llevaba hasta ese estómago infecto y enfermo. Ratas con sarna y cadáveres de pequeños pájaros putrefactos. Excrementos hechos sedimentos por el mismo metal de la tierra y agua fangosa y espesa que si bien quitaba la sed les daría alucinaciones como poco. Pero la alucinación era una bendición en esa tormenta de miedo y sombras. El sueño sería la salvación en esa pesadilla de corteza y limo.
   Pero no pensó el boticario, llamado médico por saber lamer dos heridas, que el verdadero mal estaba fuera del pozo y su boca leporina, más cerca del cielo, como un paladar hendido. Traicionado de forma vil fue pateado y rodó de forma tosca contra la pared posterior e interior de esa torre semienterrada. Descubrió en su largo caer que eran los pozos como aquellos bloques de hielo de los mares helados, que sólo hay en la superficie una pequeña parte de todo lo que conforman. Al igual que la maldad en las personas, al igual que el diente aún en ciernes de nacer. No hubo grito, no hubo humanidad en su lento descenso hacia la inminente parada. El pozo lo abrazó en vida y fue su sepultura eterna en la muerte.
  Quedaban tres hombres que exploraban el bosque del susurro y las bellotas campaneaban en sus ramas. Croaban los sapos y crujían las hojas aquí, allí y donde ellos no sabían. No había palabras de ánimo, sólo pisadas de botas blandas. Sólo el sonido del respirar, cada vez más escaso. Salió un búho del agujero de un tronco despellejado y batió sus limpias alas por encima de sus cabezas. El tirador agarró su rifle con fuerza y cariño, no era normal que le asustara un pájaro, no era normal que le temblaran las rodillas por la madera y las hojas, si había algo más allí sólo tenía que apretar el gatillo.
   Por suerte, o por desgracia (siempre juntas), apareció frente a ellos sin anuncio un ser de ropajes mojados y la boca manchada de verdín. Gruñía y despedía olores de tierra de cementerio, de los que se levantan cuando clavas la pala en la tierra para enterrar un ataúd. El hombre no lo sabía, coincidieron al pensar los tres peregrinos, pero ya estaba muerto.
   Se avalanzó sobre ellos dejando claro que sus piernas no obedecían ordenes, el estado de sus ojos sin vida les alertó y el tirador apuntó con su carabina a los sesos de la criatura. Cuando volvió a mover su cuerpo maltrecho sus brazos se estrecharon, se quedaron sin agua en su interior y se pegaron al hueso como un costillar en un espetón, después se alargaron de forma inhumana y quedó de pie, mirándolos tranquilo porque el dolor había cesado. El tirador disparó aun sabiendo que no había peligro en esa criatura, pero la infinita lástima de sus ojos le instó a matar, a destruir lo que ya no había forma de humanizar. Y tan poco humano se sintió al ver cómo la bestia se desangraba a sus pies que se quitó la vida sin ningún remordimiento. Hacía tanto frío que dolió más, si cupo, volarse la sien con el colt de su padre, hasta esa noche sin estrenar.
   No hubo palabras, no a la muerte de otro mercenario pagado con metal, no a la de un hombre a medio maldecir que aún gorjeaba en la oscuridad.
   La torre medio derruída se había inclinado con el paso de los años, el peso de la piedra la había hundido en esa tierra plagada de raíces en constante movimiento. Había quien decía que ese bosque estaba vivo, y no le faltaba razón. Se respiraba en ese lugar un aire con sonido y que hablaba desde dentro, desde las tripas, se negaba a calentarse y dolía al salir. El bosque los asfixiaba de la forma más suave que podía, de la forma más dulce; siendo ellos los que decidían respirar.
   El explorador propuso un alto levantando un puño, no aguantaba dos pasos más. Subió sin embargo a lo alto de la torre y respiró el aire puro por encima de los arboles. Pudo ver, desde arriba, que una forma geométrica y medida de manera matemática trazaba la forma del bosque y sus sendas. Se frotó los ojos al creer que era una visión infernal y descendió con su compañero sólo para encontrarlo blanquecino y asfixiado, derrumbado contra la pared.
   Ahora sólo quedaba el explorador. Se acercó al cuerpo del muerto y, rebuscando en los bolsillos de su chaqueta vio el débil brillo de la insignia del gremio de ladrones. Se la guardó en el bolsillo, eso y dos trozos de tiza, varias ganzúas, un pellizco de manteca enmohecida y el pliegue de la recompensa de la escaramuza que habían arrancado del tablón de anuncios de aquél pueblo. Aquella aldea que les había matado a todos.
   Pero unas manos cargadas de seis dedos largos y puntiagudos le agarró por la pechera de su casaca. El explorador se dio la vuelta y contempló la visión del mismo horror. Indescriptibles pústulas, o pústula misma con horribles sacos blancos de pus o algo peor que palpitaba como un enorme corazón en lugar de cabeza. Sus dedos, humanos de no contar la uña o garra bestial de la que estaban provistos, le acariciaron la cara y haciendo uso de su oficio y afición exploró los rincones más recónditos de su mente, la de sus compañeros muertos, y todo lo que existe más allá y mucho antes de la vida. Vio el momento anterior al nacer y vio el posterior al morir y algo dentro de él reventó como una botella con demasiado líquido y se derramó por su nariz, sus ojos y sus orejas. Y entonces Nick Torcas despertó en su cama en un estallido de gritos y gotas de sudor.
   En la calle Westminster no se escuchó más que el silencio, pero en el número cinco resonaron los lamentos de un hombre que lo había perdido todo al ver precisamente eso, el todo.
   Se habían abierto las puertas de una realidad que no pudo consentir. Veía ahora todos los hilos que manejaban los elementos y en el cielo estaba escrita la tabla con la esfera y el cono. Al mirarse al espejo vio cifras y letras que hablaban de su fecha de nacimiento y defunción, del órgano que fallaría y que lo mataría. Y al acercarse al espejo, al acercar la vela, vio en sus pupilas el círculo y el triángulo, vio el todo y la nada que era él en todo ese complejo mecanismo que dividía y aunaba todo en un solo ser. Y resonó en su cabeza el idioma de la criatura de su pesadilla, quizá inexistente o quizá real en un tiempo pasado, cuando en lugar de haber una reja de forja al final de la calle hubiese un pozo hecho de piedra que fuera la garganta al nido del peor mal que hubiera conocido el hombre en su existencia. Tradujo en su lengua: Cuando los dos sean uno.
   Y tras dos horas de automática escritura para la posteridad, Nick Torcas se disparó en el corazón con el colt de su padre, hasta esa noche sin estrenar.
 

miércoles, 28 de febrero de 2018

El círculo y el triángulo en el ser del umbral.

Veinte años después del suceso de los treinta y dos niños desaparecidos de forma simultánea en el mil ochocientos ochenta y siete, como si del eje pivotante de esta historia se tratara, en el número sesenta y seis de la calle Westminster, coincidencia casual en el espacio y el tiempo, se entretejen esta noche tiniebla y sudor. Se entreven esta noche maldición y punto cardinal.
   El hijo mediano de los Thorby tiene una sustanciosa y horrible pesadilla.
   En su mente, en aquel instante concreto, una serie de imágenes se mueve a la máxima velocidad que puede ofrecer su cordura para darle, o eso cree ella misma, un último lengüetazo de conocimiento y lucidez antes de perderse para siempre en su propio olvido.
   Gulliver Thorby se debate entre el despertar y seguir obteniendo esa primitiva información siendo consciente de que, si se pasa de la línea que delimita la razón, pasará el resto de sus días (fuera del mundo onírico) en el asilo para enfermos mentales de la calle Flint. Sabe que cada pequeño rincón de su tierna y frágil sesera roza ese límite, la frontera última del entendimiento. Sin embargo, aunque tanto fue lo que le contó su extasiado subsconsciente desesperado, deseoso de soltar lastre mental e ideas petrolíferas, gracias al cielo y a la providencia supo parar cuando vio el triángulo y el círculo, que aunque nuevos para él, funcionaron como señales de alerta a su aprendizaje alquímico y mágico.

   Era la suya una casa distinta y a la par igual que todas las demás en la calle Westmister. Mismo jardín, mismo buzón, con la misma fachada para cada número. Incluso las mismas cortinas de interior. Pero al igual que las cabezas ya peladas bajo tierra, ya enterradas hace años, cada una de esas casas albergaba en su interior una historia que un humilde servidor pretende contar en este estallido febril y esta postura desesperada a todo aquél que no desespere en su búsqueda del significado del triángulo dentro del círculo, hasta saciar su más honda sed en esta edad de puntiaguda penumbra.

   Así, llegando hasta su alcoba habiendo subido la empinada escalera sin atreverse a mirar las fotos familiares que cuelgan rectas en marcos en el ascenso a la planta segunda de la casa de los Thorby, hallaremos al joven (de cuerpo) acostado, con los ojos recién abiertos por saber cuándo parar, por haber parado a tiempo. Asustado aún por el sopor del fin del sueño, comienza a exudar el más frío de los líquidos por cada poro de su piel, pues sabe que si se gira un centímetro observará que alguien (o algo) le observa desde el quicio de su puerta.
   Si yo fuera otro les contaría a ustedes cómo se asemeja la entrada de su habitáculo a la puerta de su mente. Baste decir, empero, que cuando Gulliver miró hacia el exterior durante exactamente un segundo, lo vio.
   En el resplandor oscuro, una figura lo miraba.
   Con los brazos recogidos por los codos (que llegarían hasta su cintura cuan luengos eran) y las muñecas agarradas por sus dedos estirados observó su quietud. Desnudo a juzgar por su debilitadísimo brillo en la piel y tranquilo (o tranquila) a juzgar por el ritmo de su respirar. Y en su frente, como un sello de fuego y herida, el triángulo y el círculo, el círculo y el triángulo, apagados a grito y a hueso con una herramienta que no pertenecía a este mundo en su misma carne viva.
   Gulliver no volvió a cerrar los ojos, no ahora que veía lo que antes no. Dichoso él si volvió a aprender a dormir.
   Pero hasta aquí llega mi obsesión de escritor. Juzguen si el ser era hombre, espíritu o animal. Juzguen si pacífico u hostil. Si real o irreal. Si este mi relato les evoca verídico círculo o taimado triángulo.

martes, 27 de febrero de 2018

El círculo y el triángulo en Beatriz Gettel.

   A Beatriz le gustaba estar limpia.
   En el número veintitrés de la calle Westminster, veinte años antes de mil novecientos ochenta y siete y el suceso de la desaparición simultánea de los treinta y dos niños, Beatriz se frotaba de forma incansable la cara interna del antebrazo del brazo izquierdo. Su respiración entrecortada, su boca en un ángulo incierto y su nariz goteando un sudor que de tanto lavarse había perdido su sabor salado se escoraban al milímetro, al compás de su cepillado. Ella, impasible en su búsqueda de la rectitud higiénica y dejar su piel sin mácula, soplaba a la gota que pendía sobre el recto ángulo que era su pequeña nariz. Fue entonces cuando empezó a tener un tic nervioso en el ojo y toda la parte derecha de la cara.
   Apoyada sobre sus rodillas en una postura animal, Beatriz Gettel, en un cuasi lujurioso frotamiento empezó a gritar de un dolor indescriptible al ojo del desagüe que se tragaba el agua (sucia a rabiar para sus adentros) y su sangre arrebatada con el cepillo que su madre usaba a escondidas para limpiar las costras que se adherían a las ollas del comedor del hospital.

   Beatriz no estaba loca, lo único que quería era no estar sucia.
   Si a mediodía se veía asomar una imperfección en la uña daría uso de todos sus utensilios para limar, cortar, pulir y redondear el final de sus pulcros dedos. Su cabello, lacio y perfectamente separado cada pelo de sus miles hermanos mellizos, destellaba a cualquier hora. El polvo de la tiza del taller era sacudido antes siquiera de volver a tocarse una mano con la otra.
   No entendía las barbas, ni los polvos que emblanquecían la cara, ni la sombra de ojos, ni el carmín de labios.
   Boceras, legañas, cerumen, transpiraciones en la axila, caspa, uñas negras, mal aliento, olor a pies y/o un trozo de carne entre los dientes que, horroroso, asomaba a saludar eran para ella objeto de escarnio y motivo suficiente para dejar a una persona con la palabra en los labios y no volver a mirarla a la cara nunca jamás.

   Acabó sentada en la bañera de madera, apretando cada vez más los dientes y sintiendo cómo se arrugaba cada vez más su desnudez en el baño de agua fría. Su incesante frote comenzó a parecer una música repetitiva y con un ritmo sádico. No sé si sería correcto decir que Beatriz había empezado a sentir verdadero miedo. Dejó entonces de frotar e intentó quedarse quieta sin resultado, el temblor de su cuerpo hizo que resbalaran por su costado y muslos pequeñas pompas y restos de blanco jabón. Metió el brazo en el agua y esperó.
   Ahí estaba de nuevo, un moratón para los mortales, una mancha para la joven hija de los Gettel. Siguió frotando, esta vez llorando y gritando que se evaporara, que se esfumara, que desapareciera de su cuerpo, que se limpiara para así estar ella limpia ahora y siempre, como siempre, como antes. Estar limpia era lo único que la diferenciaba del mundo. Estaba el atlético, el inteligente, el habilidoso, el gracioso y estaba ella, Beatriz Gettel, la limpia. Y esa noche no estaba limpia.
   Volvió a sumergir el brazo en el agua y la espuma apareció en la superficie con su chisporroteo acuático y purificador. Cuando lo sacó para mirarlo no sólo había adquirido un tono rojizo sino que, en su centro, vio cómo una pequeña tira de piel se había levantado como el fino tallo de una flor.
   Ella lo miró, se pasó una rápida lengua por sus labios pulidos y acercó una mano a eso que sobresalía de su suave piel. Estaba duro.
   En un rictus de horror, La Limpia agarró con dos uñas perfectamente redondeadas esa suerte de padrastro que tenía en mitad del brazo y lo estiró con infinito cuidado, con infinito dolor, con infinita rabia. Su piel, como si de un cordón de embalaje se tratara se retorció desde un palmo más abajo del codo hasta su muñeca, y Beatriz pudo ver, aún sin estrenar, el interior de su brazo.
   Vio sus venas y sus arterias, palpitantes como crías recién salidas del huevo que pían y saltan con pequeños estertores, vio figuras, ángulos. Pentagulosas formas que creaba cada milímetro cuadrado de su piel para unirse y formar todo lo que su cuerpo era. Le recordó al momento en el que le quitas a un pollo la piel, la carcasa, y queda sólo blanda y blanca carne. Recordó entonces lo suave y limpia que es esa carne, y si no hubiera sido por ver lo que Beatriz vio, habría acabado arrancándose la piel a tiras tras ese increíble descubrimiento.
   En su antebrazo, en lugar de moratón, había ahora un círculo y dentro del círculo un triángulo negro y puntiagudo que la marcaba, al parecer, de por vida, como a un presidiario o un pirata de la compañía de las indias orientales de los que colgaban antiguamente en la entrada del pueblo. Y debajo del triángulo, más fina y más profunda, una línea que serpenteaba hasta su mano trenzándose en una línea recta. No pudo identificar la anatomía de la sinuosa pintura, pero no le prestó tanta atención como al negro triángulo dentro del círculo.
   Lo primero que hizo fue acariciarlo con el dedo, sintió asco y enfado, sintió volverse loca como lo haría Miguel Ángel si en la frente de su David apareciera un vomitivo tatuaje indeleble, una indecente falta de pulcritud y grasiento negro como tinta de calamar, como tizne de hollín, digno de un limpiador de chimeneas. Estaba claro, era obvio. Miguel Ángel le cortaría la cabeza a su obra de forma inmediata, por eso ahora tenía en sus manos el cuchillo de despiezar la carne y el hueso.
   Desfigurada por la furia y el asco, levantó la hachuela y dejó que su peso hiciera el resto sobre su brazo vilmente tatuado por fuerzas extrañas. En el último momento cerró los ojos, ese fue el único error en su fanático y limpio plan.

 
 

lunes, 26 de febrero de 2018

El círculo y el triángulo en la calle Westminster.

   Al final de la calle West siempre hubo un colegio. Donde acababa la línea recta que daba al extremo oeste del pueblo se alzaba un edificio amurallado y con una puerta de forja en el que nunca acababa de dar el sol por completo. Ya fuera por la maltrecha forma de las horas o por la alargada sombra del ciprés, el colegio Minster pretendía, en la mayor parte de su plenitud diaria, escapar de la luz.
   Cuando pasaron los años y el colegio pasó a ser solo un recuerdo, de él solo quedó el nombre que se acopló a la calle. Así, la calle fue bautizada como Westminster y el colegio se quedó sin nombre, como si hasta eso hubiera querido huir de su aspecto lúgubre y abandonado.
   No obstante, la calle seguía teniendo un final, y el final era ese edificio sin cristal y desprovisto de gracia o cualquier aspecto que invitara al caminante a dirigir a su forma los ojos. Lo que sí perseveró y escapó al olvido del tiempo fue una plaza que capaba la línea que supuso siempre aquella calle, un círculo perfecto al que venía a parar la lluvia y al que en su centro dotaron de una ancha boca de alcantarillado.
   Algunos dicen que la forja de ese hierro negro acabó con esas formas geométricas y no otras por estar a juego con las del portón del antiguo colegio, otras personas dicen que el hierro es el mismo, que podría ser, por cierto, una tercera puerta que el colegio albergaba como un recambio para su impenetrable y frío portón y, como se solía hacer hacía tantos años, fue reutilizado para tapiar el gran agujero infinito que se abría al final de la calle Westminster.
   El problema, o al menos el fin de la solución, llegó con los años y la desaparición de las lluvias. La negra y gótica forja que tapó el agujero acabó secándose y pelándose al sol, y de haber estado cubierta de pintura se habría acabado oxidando al calor del día, pero su color no provenía de un bote, estaba hecha de negro macizo y negra sería hasta el fin de los tiempos.
   Dicho sea, por aportar a mi relato riqueza de información, que a la plaza dejó de acudir la gente. No llegaban allí padres con sus niños a jugar, no había nada que aportara la plaza más que término de una calle residencial en decadencia de huéspedes. Era una plaza callada, ahuecándose cada año más en su soledad. Hasta el día en que empezó a llover.
   Llovió en círculo, y justo en el centro de la plaza. Ni una gota, que a mi alma se la lleve el viento si miento, cayó fuera del círculo de forja y reja negra. Funcionaba como un imán para el agua. Primero fueron gotas, después llovizna, y más tarde el diluvio más infernal que había conocido la plaza del colegio Minster desde que fue edificado. Al caer, el agua arrancaba gritos metálicos del negro acero, y después no se oía nada, pues el agujero era tan hondo como el ojo de un presidiario tuerto.
   Llegó entonces por el centro de la calle, si no atraído por el sonido de la lluvia por su olor, un niño ataviado con una cartera llena de libros y unos calcetines dos palmos por encima de los tobillos. Y sin pararse en ningún lugar, sin contemplar el recto y único camino de la lluvia del cielo al hierro, se colocó en un extremo del enrejado y dejó que la lluvia calara hasta lo más hondo de él.
   Supo entonces que el diámetro de la boca infinita excavada en el suelo era de cinco metros, y que el enrejado tenía veinte centímetros de grosor. Sintió el poder que de allí emanaba colándose por las mangas de su camisa, captó un olor que sólo podían captar unos pocos. Y se quedó allí, sin habla ni visión, dejando que el agua resbalara de su frente a su boca y de su cuello a su ombligo.
   Delante de su brazo izquierdo había aparecido otro infante, ahora una niña de cabello rubio con la mirada perdida a la que cada vez se le pegaba al cráneo su pelo. Nadie supo en qué pensaba, pero no dirigió la mirada al niño que se colocó a su derecha e imitó a los que ya llevaban tiempo mojándose con esa agua extraña e inteligente.
   Continuaron llegando infantes, todos callados, todos recién salidos de sus colegios, todos con sus historias y sus planes para las tardes de primavera, todos malditos por el agua que quiso caer del vacío al vacío y todos sin una gota de calor en sus cuerpos. Cada uno colocado delante de uno de los brazos del anterior formando un triángulo perfecto dentro del círculo negro.
   Llegado el momento, no antes, sonó una campana que llevaba trescientos treinta años sin ser tañida. La puerta del colegio se abrió de par en par con un trueno y el rechinar de los años y, cuando hubo pasado el resplandor del relámpago, los niños sobre la alcantarilla habían desaparecido junto a la lluvia. La puerta se cerró como fue abierta, hasta alinearse con su hoja gemela en una línea perfecta. Una gota de agua se desfiló por el picaporte de la puerta, una minúscula, se llenó de otras que siguieron su mismo camino, como si la manivela fuera su río personal y, cuando se preñó, cayó sin producir ningún sonido para volver a dejar en silencio la calle Westminster.